ESPECIAL //// ¿CUANTO CUESTA MORIR?////José Sánchez López

ESPECIAL

¿CUANTO CUESTA MORIR?

***Todos sabemos que pasará, pero no nos preparamos para bien morir
***Deudos: pasto de buitres, entre “muerteros” y Ministerios Públicos

***Curas “piratas” y músicos psicólogos

***Entierro gratis pero tortuoso: la fosa común

***Poesía y fidelidad en la muerte

***Crece el cuto a “La Santa Muerte” o “La Niña Blanca”

José Sánchez López

Trasponer el umbral entre la vida y la muerte, es el todo y la nada,
sin embargo esa línea intangible, tan lejana y mediata, tan real y tan
etérea, no la tenemos prevista. Creemos que a uno no le va a pasar o
que tardará mucho tiempo en que ello ocurra; desafortunadamente cuando
nos toca el turno no estamos preparados para “buen morir” y, en la
mayoría de los casos, ni siquiera para ser sepultado dignamente.
A ese cambio tan radical y profundo, que causa repercusiones morales y

sentimentales, hay que añadir el factor económico, que si bien en esos
momentos nadie toma en consideración, es de vital importancia pues
afecta de manera determinante a los deudos.
De ahí que surja la interrogante…

¿Cuánto cuesta morirse? O, mejor dicho ¿Cuánto le cuesta a la familia
del difunto? máxime si hubo una larga estancia hospitalaria producto
de una prolongada agonía, que acabó con la economía familiar.

Para cumplir con esa cita inaplazable, hay muchos caminos. Algunos

llegarán en limosina de súper lujo, otros en la modesta carroza de la
funeraria de la esquina y otros más, en la temida y nunca deseada
“Muertera”, esto es la camioneta fúnebre del Servicio Médico Forense,
cuya patrona y diosa “Coatlícue”, de nuestra cultura azteca, se yergue
majestuosa a la entrada del anfiteatro de la Ciudad de México.

Si se trata del deceso de algún personaje del “Jet Set”, el costo del
sepelio, dependiendo del féretro, podría elevarse considerablemente,
pues mientras que en las funerarias de alcurnia, el entierro más
económico es de 40 mil pesos, si la caja es metálica, se eleva hasta
360 mil, si el ataúd es de maderas preciosas.

En cambio en una funeraria sencilla, el costo es desde seis mil 300
pesos o hasta 14 mil, si la caja es de pino.

Aunque cabe aclarar que los costos siempre aumentan por diferentes
causas: sobre todo por la agilización de los trámites, la mortaja del
difunto, al que hay siempre hay que “arreglar”, pese a que su muerte
haya sido tranquila y en su casa, un pulman extra; candelabros,
arreglos florales, cualquier pretexto es válido para elevar el precio
original.

Ahora bien, esos costos son para aquellos que tuvieron la buena
fortuna de fallecer en casa, asistidos por el médico de familia y con
la seguridad de obtener el consabido certificado de defunción o bien
en un hospital, cuyo personal médico también de fe de las causas de la
muerte.

Pero…si por favor se le ocurrió salirse a la calle para morir en forma
violenta, ya sea por asalto, atropellado, etcétera, entonces la
situación cambia diametralmente. Su cuerpo, en calidad de desconocido,
será llevado inicialmente al anfiteatro de la delegación que le
corresponda donde permanecerá 24 horas, en espera de ser reconocido.

De inmediato, el Ministerio Público se comunicará con su “muertero”
favorito, esto es el que mayor comisión le dé y le informará que ya
tienen un “cliente”. El funcionario y el funerario, estarán pendientes
cuando sea identificado el difunto, para enseguida ofrecerle los
servicios. Si los deudos aceptan sin chistar, los trámites serán
rápidos y, mediante una buena cantidad, hasta con suerte pueden evitar
la autopsia.

No obstante, si los familiares no aceptan, las cosas se complican y
los precios comienzan a elevarse. La averiguación previa queda
continuada, no hay médico legista, faltan testigos, los documentos de
identificación son insuficientes, etcétera, de tal suerte que hasta
que los deudos estén “convencidos” de las bondades del “muertero” y de
su compinche, el MP en turno, entonces todo se arreglará.

Sin embargo, los gastos apenas empiezan. En el velatorio, los estarán
aguardando, como aves de presa, curas “piratas”, eso sí, con sotana,
rosario, misal y demás aperos sacerdotales, para ofrecer sus servicios
por el eterno descanso del difunto. En la misma funeraria, habrá
imágenes religiosas y, en algunas, hasta réplicas de “El Santísimo”,
reliquia que representa lo más sagrado dentro de la religión católica.

En todo velorio que se respete, deberá haber café y con “piquete”,
desde luego, máximo si al difuntito le gustaba el trago.

Por aquello del qué dirán, tendrá que haber pan, alimentos y lo
necesario para que la afluencia, regularmente copiosa, quede
satisfecha. En principio todos tendrán cara larga y triste, de acuerdo
a las circunstancias, pero conforme haga su efecto el “cafecito”,
comenzarán las anécdotas, luego los chismes obligados y después los
chistes que irán subiendo de color hasta que aquello se convierta en
un jolgorio.

En el panteón estarán esperando a los deudos, además de los
enterradores, unos verdaderos psicólogos, venidos a músicos. Estos,
informados previamente, sabrán quien es el difunto. Si es un bebé, un
niño o una niña, los norteños o mariachis, sin que nadie los llame,
llegarán en los momentos cumbres del sepelio, entonando la canción
“Osito de Felpa”.

Si fue la mamá o la abuela: “Amor Eterno” y si acaso el jefe de
familia denota aficiones etílicas, entonces “Por el amor a mi madre”:
si se trata de algún hermano, quizá “Te vas Ángel Mío” o si fue un
amigo, la canción obligada es “Cuando un amigo se va”; el caso es dar
justo en el punto sentimental para que los deudos, ya entrados en
gastos, se suelten pidiendo las canciones que le gustaban al muertito
y seguramente que la tumba terminará en improvisada cantina.

Concluido el entierro, en cuya fosa no cabrán las flores y coronas,
quizá producto del remordimiento, se pasará a los preparativos para
los gastos que siguen, como la novena y sus rosarios y, desde luego,
la “levantada de Cruz”, no hacerlo podría complicar la llegada del
difunto ante la presencia divina.

Es común que al ser querido, se le vista con lo mejor para su último
viaje y si tenía alguna prenda o alhaja que le gustara o que usara
regularmente, acompañe a su propietario, aunque también es común que
algunos sepultureros, si no es que la mayoría, estén muy atentos
observando cuidadosamente qué objetos de valor lleva el muertito, para
en la primera aligerarlo de lo que ya no le será útil.

Empero, si el occiso dispuso que se le cremara, los gastos se reducen
considerablemente, hasta en un 50 por ciento, pues si se llega a un
acuerdo con la funeraria, hasta es posible conseguir la caja
alquilada, aunque lo prohíba la Ley de Sanidad.

En muchos de nuestros pueblos, lejos de ser un hecho triste se
convierte en un verdadero festejo pues consideran que pasará a mejor
vida. La celebración durará varios días, con los consabidos gastos que
ello implica, pero no cumplir con las tradiciones, con los usos y
costumbres, significa un deshonor para la familia y eso no es posible.

Para emprender el viaje sin regreso, también hay sofisticados ataúdes
con dispositivos electrónicos, para los rarísimos casos de catalepsia
(trastorno nervioso que causa rigidez e inmovilidad) que causan una
aparente muerte.

Timbres dentro del féretro, lo mismo que en la cripta, luces de alarma
y demás aditamentos para que si “el muerto revive” pueda hacérselo
saber a su familia.

Su precio es millonario y hasta la fecha, no se sabe de algún caso en
el que el difunto haya accionado dispositivo alguno.

Mención aparte merece los difuntos del mundo de los narcos, donde el
lujo, la ostentación y el derroche no tienen parangón.

Uno de esos narco cementerios es el de Jardines de Humaya, en Culiacán
Sinaloa, donde reposan algunos de los restos de los más sanguinarios
capos del narcotráfico.

Solamente un nicho, cuesta 50 mil pesos, pero como la gran mayoría
acostumbra erigir un mausoleo en recuerdo de su ser querido, el precio
es de varios millones de pesos, por sus acabados de maderas finas,
escaleras de mármol, cúpulas y acabados en oro.

Hubo el caso de Arturo Beltrán Leyva, “El Botas Blancas” o “El
Barbas”, que dispuso fuera enterrado en un ataúd bañado completamente
en oro y con sus joyas más valiosas.

Similares gustos tuvo Ignacio “El Nacho” Coronel Villarreal,
tio-suegro de Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, que también fue
sepultado en un féretro de oro, lo mismo que Lamberto Quintero, tío de
Rafael Caro Quintero.

Hablamos de faraónicos mausoleos que como si fueran residencias,
cuentan con aire acondicionado, wifi, circuito cerrado, vitrales salas
de estar, recámaras, baños, cocina, comedor.

Se trata de que cuando los deudos visiten a su difuntito, no sufran
incomodidades, de tal manera que muchas veces el aniversario luctuoso
termina en todo un jolgorio, con vino, drogas y la obligada música de
banda.

Desde luego que todos esos caminos para dejar este mundo son muy
caros, pero siempre hay otra vía, quizá un tanto cuanto tortuosa, pero
eso sí, es seguro que el entierro saldrá totalmente gratis:

¡La fosa común!

Tendrá que morirse en la calle y no ser identificado.

El cuerpo será llevado al Servicio Médico Forense, donde permanecerá
15 días en espera de que pueda ser reconocido, de no ser así, entonces
se le destinará a la fosa común, pero si el cuerpo quedó
“aprovechable”, esto es que sirva como material de estudio, entonces
comenzará el peregrinar del difunto de cuando menos seis meses, en
alguna facultad de medicina, durante los cuales será sujeto a estudios
y disecciones que terminarán por convertirlo en un despojo.

Una vez que ya no sea útil, será regresado al SEMEFO y de inmediato
pasará a formar parte de “la carga”, término peyorativo que se le da a
un promedio de 20 muertos, entre los cuales figuran fetos o recién
nacidos, cuyas madres abandonaron en basureros, y demás restos de
quienes no fueron identificados.

No habrá carroza para cada uno de ellos, viajarán en una sola
camioneta conocida como “La Muertera”: una ambulancia del SEMEFO
destinada únicamente para esa clase de transporte. Ninguno llevará
ropas, todos irán desnudos y, como si se tratara de pollos, hechos
bola, como si formaran un nudo, serán retacados en el vehículo.

Completada “la carga”, enfilarán hacia alguno de los panteones que
cuenten con dicho servicio, por lo regular al de Dolores.

Al llegar, la camioneta se estacionará por la parte trasera junto a
una especie de alberca de tres por tres metros.

Sin mayores preámbulos, sin responsos ni rezos, flores ni nada, los
trabajadores, provistos con mascarillas por los gases que despiden los
restos en descomposición, al bajar seguramente apartarán con los pies
algunos huesos, cuero cabelludo u otros restos de entierros anteriores
y con bielgos o rastrillos de jardinería, como si se tratara de
rastrojo, jalarán los cuerpos hasta hacerlos caer a un costado de la
fosa.

No habrá delicadeza ni contemplaciones y una vez que fueron repartidos
en la superficie de la tumba colectiva, se les cubrirá primero con una
capa de cal, después con otra de productos químicos, para acelerar el
proceso de descomposición y finalmente otra de tierra.

Pasados los 15 días, los químicos ya cumplieron su cometido y la fosa
estará lista para recibir otra “carga”.

Pero si bien este es el lugar de los olvidados, hay otros, como el
panteón de San Fernando Rey, uno de los más antiguos del país,
localizado en Guerrero e Hidalgo, que poseen un gran acervo histórico
y donde descansan los restos de próceres de la Revolución y de muchos
personajes célebres.

Ahí está la tumba de Benito Pablo Juárez García, “El Benemérito de las
Américas” y a menos de 50 metros, están los restos de quienes fueran
sus más odiados enemigos: los generales Miguel Miramón Tarelo y Tomás
Mejía Martina de Amoles, fusilados por órdenes suyas en el Cerro de
Las Campanas, junto con el emperador Maximiliano de Habsburgo.

También se encuentran las tumbas del general Ignacio Zaragoza, de
Ignacio Comonfort de los Ríos y de uno de los principales pilares del
periodismo: don Francisco Zarco Mateos, cuya lema siempre será
vigente:

“La prensa no sólo es el arma más poderosa contra la tiranía y el
despotismo, sino el instrumento más eficaz y activo del progreso y la
civilización”.

Pero si bien hay tristeza y dolor en el postrer adiós, en el histórico
caposanto también hay poesía con bellos epitafios que guardan
increíbles historias, como aquél de:

“Llegaba ya al altar,

Feliz esposa

Ahí la hirió la muerte

Aquí reposa”.

Cuenta la historia que 1845, se celebró el matrimonio entre Dolores
Escalante y su prometido, José Lafragua. Al concluir la misa de la
boda, cuando salían de la iglesia, la joven sufrió un ataque del
Cólera Morbus y horas después, sin que se consumara físicamente la
unión, la joven murió.

Dolores fue sepultada en el panteón San Fernando, mientras que su
consorte le guardó absoluta fidelidad y se mantuvo célibe durante 25
años, hasta que también falleció y fue sepultado junto con ella. Había
sido su última voluntad.

Otro más que revela el dolor que puede causar la pérdida de un hijo, dice:

“Hablad bajo, que mi niño duerme”.

O el de quien pierde a su pareja y a su hijo al mismo tiempo:

“Se vieron un momento aquí en el suelo

Y sus restos unió la misma fosa

Dios una así, sus almas en el cielo

Última esperanza y el consuelo

A quien pierde a la par, hijo y esposa”.

En una jugarreta irónica del destino, los restos del poeta
xochimilquense Fernando Celada Miranda, yacen olvidados en el panteón
de San Andrés Mixquic, en Tláhuac. Su tumba está llena de hierbas. Es
difícil encontrarla.

Este bardo, fue quien en uno de sus versos de una de más grandes
obras; el poema “La Caída de las Hojas”, escribió:

“…Y es que el ingrato corazón olvida…cuando está en los deleites de la
vida…que los sepulcros necesitan flores”.

Aun así, con todo lo trágico que pueda considerarse la llegada de La
Muerte, el ingenio, la jocosidad y la cobardía, –disfrazada de
valor–, del mexicano, siempre estará presente, lo mismo en el
tradicional “Cleto el Fufuy, sus ojitos cerró”, que en aquella que
dice: “Viene la Muerte cantando por entre las nopaleras, en qué
quedamos, pelona, me llevas o no me llevas”.

A ello habría que añadir el enorme culto que, a últimas fechas, ha
crecido de manera impresionante hacia “La Santa Muerte” o “La Niña
Blanca”, llegando a grado tal que ya se le venera en algunas iglesias
católicas, pese a la oposición de la alta jerarquía eclesiástica.

Sus miles de devotos, le atribuyen toda clase de milagros, aunque
advierten que si se quiere ser su adorador, debe tenerse mucho cuidado
pues es sumamente celosa, no le gusta compartir su altar y que cuando
alguien no le cumple, acostumbra cobrarse con lo que más le duela al
incumplido.

Empero, de una u otra manera, todos tenemos una cita inaplazable con
La Parca, misma que seguramente nos gustaría eludir, pero sabemos que
es imposible, aunque creo que ninguno tiene prisa por cumplirla, salga
caro, barato o regalado el sepelio.



Categorías:Nacional

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